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Tesla

Tomás se sentía como un rey en su flamante nuevo vehículo, un auto eléctrico que se conducía solo. Bueno, no, pero de vez en cuando podía soltar el volante y dejarse llevar. Cuando no había otros autos en la calle, o personas, o árboles sobre las cuadras.

El diseño era perfecto, salvo por algunos defectos que serían fáciles de corregir con el tiempo. No es que él supiera mucho de autos, no de autos tradicionales al menos, pero en tema de autos eléctricos sabía un montón. No se molestó en aprender sobre el diseño de “los chinos” y si bien BMW y Ferrari mostraban algunas mejoras interesantes, nada superaría al que compró luego de años de ahorro. La mayoría de sus amigos se podría haber comprado uno en el día, pero a Tomás no le molestaba admitir que a diferencia de ellos, él necesitaba ahorrar.

Se sentía orgulloso de “haberse hecho desde abajo”, lo cuál lo hacía la envidia de su grupo de amigos (para ser justos, dicho grupo de “amigos” no sentía otra cosa que envidia, salvo tal vez odio o desprecio, poco sabían de cariño o contención). Una vez que sentó sus posaderas en los cómodos asientos de cuero supo que esta era la manifestación de su destino, una forma física que tomaba aquello que él sabía siempre fue suyo por derecho.

El sistema era de lo más novedoso, usando un software de Artificial Intelligence que detectaba todo movimiento a la perfección con cámaras y sensores delante y detrás. Claro, esta tecnología ya existía décadas antes que los Modelos de Lenguaje Masivos siquiera fueran concebidos, así como sus congéneres en video y audio, pero lo que diferenciaba este sistema es que además de hacer lo que todos los otros hacían, consumía aún más batería para darle mensajes de voz que le recordaban lo inteligente y sensual que era.

Había valido cada centavo, o mejor sería decir que había valido cada millón de dólares invertidos. Él andaba por las calles de la ciudad gozando de las miradas celosas del resto, al menos al principio ya que pronto se dió cuenta de que aquellos ojos llenos de envidia que tanto esperaba ver, en su mayoría se detenían un momento a observar antes de seguir sus vidas sin mucho interés en el tema. Eso cuando no le miraban con asco o le gritaban cipayo. No entendía muy bien la palabra y cada vez que la buscaba, Gemini o ChatGPT le daban varias definiciones. Seguro quienes lo gritaban eran muy estúpidos y ni siquiera sabían su significado, cualquiera que fuera.

Cansado de tantos ojos sobre él, fue a darse una vuelta alrededor del cementerio. Ese día se había tomado franco del home office para sacar a relucir su nuevo juguete, así que nada le apuraba. Más importante, había escuchado hablar sobre cómo el sistema abordo a veces leía las tumbas o figuras de los cementerios y le mostraba sombras en su pantalla, como si detectara los espectros de los muertos.

El morbo le fascinaba, pero más importante como el primero del grupo en tener éste auto eléctrico en particular tenía la chance de “primerear” la noticia. Podría presumir de verlo ocurrir, ganándose esos gloriosos breves segundos de envidia de parte de sus “amigos”, antes de volver a sentir esa extraña sensación de vacío y dolor que les aquejaba a todos cada segundo de sus vidas. “Boludeces”, por supuesto, nada que una birra y algunas joditas al más lelo del grupo (desde luego, no él mismo) no solucionaran.

Se acercó al cementerio y sacó su iPhone, grabándose a él primero con sus elegantes (caros, por sobre todo) anteojos de sol. Tiró su “latiguillo” como le había recomendado la (también cara) community manager que contrató para manejar sus redes. No es que tuviera un emprendimiento o algo para promocionar, pero solo un imbécil no le sacaría jugo a las redes. Cualquiera de estos días se podría convertir en influencer y ser la envidia de todo el pueblo, si no del país.

Continuó grabando, tanto la pantalla como el frente del auto hasta que finalmente lo vió. Justo pasando frente a la puerta del cementerio, el sofisticado software que minutos atrás le generó un mapa bastante equivocado de la ruta a su destino, ahora le mostraba cuatro sombras paradas en la entrada del cementerio.

Era algo increíble, por un momento Tomás sintió un ápice de emoción, un asombro que no sentía desde pequeño. Algo realmente fascinante ocurría frente a sus ojos.  Duró poco, siendo reemplazado por la urgencia de hacer un comentario “jocoso” para la cámara. Pero no le quitaba lo impresionante, el sistema le mostraba cuándo y dónde una o más personas se acercaban al vehículo, muchas veces confundiendo una bolsa de nylon con una persona, pero esto era toda una locura.

Tuvo que andar muy despacio para mostrarlo bien, y la toma no le cerró para nada, así que pegó una vuelta y volvió a pasar por ahí, esperando que aparecieran de nuevo. No funcionó, lo cual le frustró muchísimo, haciendo que el cúmulo de emociones que estaba amontonado en el fondo de su psique esperando a explotar saliera a flote, pero como siempre lo empujó de nuevo para adentro. Dió un par de vueltas más a ver si pasaba si volvía a pasar , empezando la grabación de cero una y otra vez, por si en alguna toma se veía mejor.

En una de esas, al pasar por una de las rejas del cementerio lo vió de nuevo, sobre las tumbas habían varios “espectros” y esa sensación volvió. Emoción, asombro, tanto que por un segundo casi se olvidó de ponerse a grabar. Levantó el teléfono apuntando a la pantalla del auto, siempre podría grabar el “comienzo” del video después y que se edite. Ahí estaban, unas siete sombras paradas frente a la misma cantidad de lápidas. El sistema seguro estaba tomando las figuras como si fueran personas, o por ahí estaba entrenado para devolver un resultado así, habiendo “aprendido” del morbo de Tomás.

Llegó al punto que se empezó a reír, era ridículo pero mejor todavía, seguro iba a ser viral. Se rió fuerte, como nunca lo hacía ya que ahí nadie le podía juzgar. Hasta que dejó de reír, de golpe, al ver que una de las sombras no era una sombra ya.

Era oscura y transparente, sobresaliendo de las demás porque tenía la forma de una persona. Un muchacho un poco más jóven que él. Al principio se imaginó que sería algo del software, venía un rato largo haciéndolo correr con el auto andando y no se había acordado de cargar la batería antes de salir. Seguro que el aparato se estaba sobrecalentando, pero no le preocupaba ya que la batería obviamente venía con cooler integrado.
Como ya tenía lo que quería, Tomás agarró el volante y se dispuso a seguir su camino cuando se dió cuenta de que a quien había estado observando no era una simple figura. Al principio le costó reconocerlo por la edad, pero ese era Nicolás, su amigo de la escuela técnica al que no veía hacía fácil dos décadas.

Eso sí que no tenía sentido, Tomás no lo había mencionado en voz alta hacía años, mucho menos cerca del micrófono del auto. Incluso si hubieran generado un perfil con sus datos, Tomás y Nicolás no se veían desde antes de la invención del iPhone. A sus treinta y seis años Tomás nunca había visto algo así.

Sacudió la cabeza y se pasó una mano por la cara, esperando que se fuera al abrir los ojos pero no, seguía ahí. La figura de un amigo, quizás el único amigo que alguna vez tuvo, lo veía desde la pantalla. Era ridículo, Nicolás no estaba muerto, que él supiera, e incluso así los fantasmas no existen. Consideró por un momento la posibilidad de que de alguna forma extraña, el sistema hubiera generado una imagen predictiva de lo que su dueño esperaba ver. Hasta le fascinó tal concepto.

Es más, eso le recordaba a Nicolás. Nico para los amigos (que había sido solo él) era un loco de la ciencia ficción, siempre hablando de Artificial Intelligence (la de verdad como AM o Hal9000, no los programas de ahora que escupían respuestas esperables), hablaba de programación y computadoras todo el día. Incluso entonces Tomás no entendía mucho del tema, lo suyo era más la ingeniería pero a Nico siempre lo había entusiasmado.

“Imaginate, un día podríamos crear mentes que piensen por sí solas, o computadoras que hagan todo el trabajo duro por nosotros. Podríamos vivir sin trabajar, sin tener que preocuparnos por el dinero, hasta podría hacerse innecesario.”

A Tomás le parecía una pelotudez y peor, rozaba en comentarios de zurdito. Al principio no decía nada porque Nico era el único en la escuela que le daba bola, pero pronto se dió cuenta de que entre más tiempo pasara con él peor sería para su vida social y su futura carrera (fuera cual fuera). Se terminó sumando a las hordas de pibes que se burlaban y acosaban al pobre muchacho, llegando al punto de robarle un proyecto de bomba eléctrica para un trabajo práctico. Total Tomás siempre decía que mejor que otro haga el trabajo por uno.

“Pensé que éramos amigos” Le dijo Nico casi llorando, y por un segundo casi sintió lástima.

Pensándolo, esa había sido la última vez que se habían visto, hasta que bajó la mirada a la pantalla de su flamante nuevo auto eléctrico. Ahí estaba de nuevo, mirándolo fijamente desde el vidrio. No había enojo en sus ojos, o tristeza, Nicolás había crecido, convirtiéndose en un hombre más o menos igual a Tomás, y la idea de que un ser tan patético pudiera parecérsele de alguna forma le asqueó más que nada en el mundo.

Al punto tal que muy tarde se dió cuenta de que eso no debería ser posible. La pantalla mostraba un plano completo de la cara de Nicolás, como si estuviera parado frente al auto. Miró para arriba, no había nadie. Miró para abajo y la pantalla se había glitcheado, mostraba solo líneas de colores, luego grises, blancas y negras, hasta que se apagó totalmente.

Ahí empezó a sentir un espantoso olor a quemado. La batería, pensó. Seguro con todo esto raro que venía pasando se había sobrecalentado, mejor no quedarse mucho tiempo dentro. Cuando fue a abrir la puerta se dió cuenta de que, con el sistema apagado y sin electricidad, no había manera de abrirla. El “elegante” diseño del auto no daba lugar a cierres mecánicos, eso no sería “futurista” por lo que abrir las puertas una vez trabadas sería imposible. Agobiado, Tomás buscó algo con lo que romper el vidrio, sospechando que siendo blindado sería casi imposible pero sabiéndose en problemas aún más graves. Usó las pesas que llevaba consigo para presumir con sutileza cuando alguna chica se subiera al auto con él, que por lo demás nunca tocaba (¿Para qué ejercitar fuera de un gimnasio? Solo allí habría gente que lo vea) y empezó a golpear el vidrio delantero.

Nada, continuó por varios minutos logrando astillarlo, lo suficiente para sentir un ápice de esperanza, pero después de quince minutos de golpear hasta estar cubierto de sudor y con las manos rojas, nada. El blindado era lo bastante resistente como para no dejarlo salir, previniendo el quiebre del vidrio.

Tuvo el pensamiento de que si hubiera estado en un choque hubiera terminado con un vidrio inútil por que no podría ver y sería casi imposible de reemplazar. Pero se vió interrumpido por una intensa tos. El auto se llenaba de humo y sin más opciones decidió llamar a emergencias. Por desgracia no había señal allí, fuera por el lugar o el diseño hermético del auto. Desesperado, empezó a gritar, pidiendo ayuda a quien estuviera alrededor. Aún si hubiera alguien no lo hubieran escuchado, dicho diseño hermético hacía al vehículo insonoro.

Tomás sintió lágrimas en los ojos, sin saber si era llanto o el humo que le envolvía. Por supuesto el auto no tenía matafuegos, no había dónde ubicarlo en el diseño. Finalmente empezó a golpear la base con las pesas, rogando que se hiciera algún hueco o algo por donde respirar. Ya no sabía qué hacer, qué pensar, cuando de repente se acordó de algo importante. Algo que Nico le había comentado de chicos sobre baterías y coolers.

Su flamante nuevo vehículo tenía la batería debajo del cooler, cosa que ningún otro auto eléctrico hacía. Nico le había dicho una vez que ese tipo de cosas no se hacen.

“Imaginate, se calienta la batería, hace que filtre el líquido del cooler sobre ella y, ¡Pum!”

Tomás perdió el oído ante el estruendo dentro del vehículo, el cuál no tuvo la misericordia de dejarlo inconsciente antes de llenar el espacio cerrado de hambrientas llamas. Sintió cómo su cuerpo se calcinaba, la grasa dentro suyo hervir y sus ojos licuarse, trató de gritar pero estaba atragantado de humo. Buscó reparo, encontrando solo el costoso cuero de los asientos ardiendo fieramente, derritiendo su piel.

Para cuando el auto fue encontrado, lo único que había intacto era la ahora ennegrecida carcasa. Sólida, sellada y vacía de toda compasión.

  • Otra historia en español ¡Wiiiii! Me inspiré en un comentario que hizo uno de los conductores de AQST ¡Gracias Malu por ayudarme con la edición!

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