Lucia mira por la ventana, pensando. Hace tiempo que vé todo, no a través de la ventana si no en su cabeza.
Piensa en su mamá, cansada, harta de todo. Piensa en su papá, cansado, negado a ver el bien en nada que no sea dinero.
Ningune es mala persona, pero no necesitan serlo. La manera en la que se ven entre sí está armada, prefabricada. No es que no haya amor, quizás lo hay, es que tienen una deficiencia para explorar sus emociones. Una deficiencia que hace tiempo se volvió una elección.
Por otro lado, ¿Y ella?
Ha hecho mucho trabajo, le ha metido mucha garra. Pero aunque le cueste, lo hace.
El tema es que con una brújula rota es difícil saber dónde estás.
¿Cuánto exagera al reaccionar con tristeza? ¿Dónde y en qué contexto gritar es poco apropiado? ¿Con quiénes y durante qué conversaciones es adecuado llorar?
Lucía piensa, como siempre ha hecho. Taza de café en mano, mejilla pegada al vidrio frío sobre el que gotea la lluvia.
Duele, quizás hay algo de masoquismo en ello. Quizás es que sentirse como una diva de película le ayuda a distanciarse del dolor real, o a tratarse mal por no ser suficiente.
Un salto lógico allí, ¿Por qué se trataría mal?
Ah, porque está mal “hacerse la diva”. Nadie la vé y sin embargo pone un espectáculo, para verse bien. Pero también para castigarse.
Se da cuenta de que aún en su soledad busca lastimarse, como una forma de validación.
¿Pero castigarse por qué? ¿Qué es lo que ha hecho que merezca tal flagelo?
Y, ya que estamos, fuera lo que fuera ¿Por qué ameritaría un castigo? ¿Bajo qué términos y de qué tipo?
Aunque la pregunta más importante es, ¿Qué solucionaría tal castigo?
¿Hay algo que corregir? ¿Hay algo que arreglar? ¿Hay algo que detener?
Lucía mira a través de la ventana como caen las frías gotas de lluvia. Son tantas como sus pensamientos, y como sus pensamientos caen sin parar, imposibles de atrapar.
Se siente aplastada por una tormenta, con gotas que la ahogan de tantas que son. No por acumularse y taparla en agua, si no porque son tantas que la azotan como el viento que las arrastran. Golpeándole con un granizo duro y frío, penetrando su piel y magullando sus músculos.
Lucía suspira, toma un poco de café que le sabe insulso. Le cuesta comer, come y bebe rápido, como queriendo escapar la mera posibilidad de que algo tenga mal sabor.
Y sigue, y sigue. Gotas de pensamientos que le azotan la cabeza.
¿Cuál es el punto? ¿A dónde quiere llegar?
¿Debería mudarse? Está difícil, y no todo es su culpa. Pero de alguna manera es su responsabilidad también.
La trampa mortal de saber que tiene que hacerse cargo de su vida, pero que a la vez eso la hace sentir que debe culparse por todo.
Pensamiento lógico, su vida es su responsabilidad aún frente a cuestiones que no puede manejar, ergo “no estar mejor” es su culpa.
Entonces Lucía se detiene. Pone la taza sobre la mesa, respira muy profundo y se levanta. Se para en medio de un espacio vacío que está lleno de dolor. Una habitación que emula una doncella de hierro, cuyos clavos son pensamientos.
Y decide que nunca va a tener las respuestas a todo, pero que siempre sin importar qué, va a poder pintar.
Agarra su pincel barato, pintura vieja que se seca demasiado rápido, un anotador que hace años no usa, y se pone a dibujar.
Por un rato al menos, ya no piensa en sus padres, en el dolor, en las frías gotas de pensamientos que le azotan.
Lo único que hace es ser.
Piensa en su mamá, cansada, harta de todo. Piensa en su papá, cansado, negado a ver el bien en nada que no sea dinero.
Ningune es mala persona, pero no necesitan serlo. La manera en la que se ven entre sí está armada, prefabricada. No es que no haya amor, quizás lo hay, es que tienen una deficiencia para explorar sus emociones. Una deficiencia que hace tiempo se volvió una elección.
Por otro lado, ¿Y ella?
Ha hecho mucho trabajo, le ha metido mucha garra. Pero aunque le cueste, lo hace.
El tema es que con una brújula rota es difícil saber dónde estás.
¿Cuánto exagera al reaccionar con tristeza? ¿Dónde y en qué contexto gritar es poco apropiado? ¿Con quiénes y durante qué conversaciones es adecuado llorar?
Lucía piensa, como siempre ha hecho. Taza de café en mano, mejilla pegada al vidrio frío sobre el que gotea la lluvia.
Duele, quizás hay algo de masoquismo en ello. Quizás es que sentirse como una diva de película le ayuda a distanciarse del dolor real, o a tratarse mal por no ser suficiente.
Un salto lógico allí, ¿Por qué se trataría mal?
Ah, porque está mal “hacerse la diva”. Nadie la vé y sin embargo pone un espectáculo, para verse bien. Pero también para castigarse.
Se da cuenta de que aún en su soledad busca lastimarse, como una forma de validación.
¿Pero castigarse por qué? ¿Qué es lo que ha hecho que merezca tal flagelo?
Y, ya que estamos, fuera lo que fuera ¿Por qué ameritaría un castigo? ¿Bajo qué términos y de qué tipo?
Aunque la pregunta más importante es, ¿Qué solucionaría tal castigo?
¿Hay algo que corregir? ¿Hay algo que arreglar? ¿Hay algo que detener?
Lucía mira a través de la ventana como caen las frías gotas de lluvia. Son tantas como sus pensamientos, y como sus pensamientos caen sin parar, imposibles de atrapar.
Se siente aplastada por una tormenta, con gotas que la ahogan de tantas que son. No por acumularse y taparla en agua, si no porque son tantas que la azotan como el viento que las arrastran. Golpeándole con un granizo duro y frío, penetrando su piel y magullando sus músculos.
Lucía suspira, toma un poco de café que le sabe insulso. Le cuesta comer, come y bebe rápido, como queriendo escapar la mera posibilidad de que algo tenga mal sabor.
Y sigue, y sigue. Gotas de pensamientos que le azotan la cabeza.
¿Cuál es el punto? ¿A dónde quiere llegar?
¿Debería mudarse? Está difícil, y no todo es su culpa. Pero de alguna manera es su responsabilidad también.
La trampa mortal de saber que tiene que hacerse cargo de su vida, pero que a la vez eso la hace sentir que debe culparse por todo.
Pensamiento lógico, su vida es su responsabilidad aún frente a cuestiones que no puede manejar, ergo “no estar mejor” es su culpa.
Entonces Lucía se detiene. Pone la taza sobre la mesa, respira muy profundo y se levanta. Se para en medio de un espacio vacío que está lleno de dolor. Una habitación que emula una doncella de hierro, cuyos clavos son pensamientos.
Y decide que nunca va a tener las respuestas a todo, pero que siempre sin importar qué, va a poder pintar.
Agarra su pincel barato, pintura vieja que se seca demasiado rápido, un anotador que hace años no usa, y se pone a dibujar.
Por un rato al menos, ya no piensa en sus padres, en el dolor, en las frías gotas de pensamientos que le azotan.
Lo único que hace es ser.
Comments
Post a Comment